De vuelta al teatro con La Señora Presidenta
Empecé a hacer teatro en mayo de 2010. Si hago las cuentas, eso significa que llevo ya 16 años trabajando en este oficio que para muchos parece tan romántico como incierto. Y en cierta forma lo es. El teatro siempre tiene algo de apuesta constante: nunca sabes exactamente qué va a pasar cuando se abre el telón, aunque hayas ensayado durante semanas o meses. Esa mezcla de riesgo, emoción y trabajo en equipo fue lo que me atrapó desde el principio.
Mi entrada al teatro fue desde un lugar que muchos no imaginan cuando piensan en este mundo. No empecé como actor, sino como escritor y company manager en Timbiriche: El Musical. Ese fue mi primer gran contacto con la maquinaria teatral profesional: un proyecto grande, con muchas piezas moviéndose al mismo tiempo y con la sensación permanente de que cada función es una pequeña inauguración.
Con los años tuve la oportunidad de trabajar en distintos proyectos, muchos de ellos musicales. Participé en producciones como Hoy no me puedo levantar, Billy Elliot y Joven Frankenstein. Los musicales son un universo complejo: requieren música, coreografías, grandes elencos y una logística enorme. Son espectáculos maravillosos, pero también muy exigentes. Por eso, regresar a un play —una obra de texto— tiene algo refrescante. Es volver al centro: la historia, los personajes y el ritmo de la comedia.
Hoy me encuentro en un momento que me entusiasma mucho: soy productor ejecutivo de La Señora Presidenta.
La obra estrenó en diciembre de 2024 y desde entonces ha tenido un recorrido interesante. Como sucede con muchos proyectos teatrales, ha ido evolucionando con el tiempo: ha cambiado de teatros, de elencos y de escala. Empezamos en el Teatro México, después pasamos por el Teatro Pedregal, y ahora llegamos a su recinto más grande hasta ahora: el Centro Cultural Teatro Uno, un espacio donde caben más de mil personas.
Para quienes hacemos teatro, entrar a un foro de ese tamaño siempre representa un reto importante. No solo por la logística, sino por la responsabilidad que implica llenar una sala tan grande y ofrecer una experiencia a la altura del espacio. Pero también es una gran satisfacción. Cuando ves a más de mil personas reunidas para ver una obra en vivo, entiendes por qué seguimos haciendo esto.
Parte de la fuerza de esta producción está en su elenco. Actualmente está estelarizada por Arath de la Torre, Mario Bezares, Briggitte Bozo, Violeta Isfel, Brenda Bezares, Pierre Angelo y Susy Lu, y recientemente se integra Roxana Castellanos, lo cual nos tiene muy contentos.
Con Roxana, además, ya había una historia previa. Nos conocimos hace varios años en una obra llamada “Cama para 2”, una adaptación teatral de un libro escrito por Martha Carrillo y Raúl Araiza. Aquella obra fue dirigida por Manolo Caro —sí, el mismo que años después dirigiría La Casa de las Flores en Netflix— y era una comedia muy divertida sobre relaciones de pareja.
En ese proyecto Roxana y yo nos quedamos con ganas de volver a trabajar juntos. A veces pasa eso en el teatro: los proyectos terminan, cada quien sigue su camino, pero queda la sensación de que hay algo pendiente por hacer juntos. Me da mucho gusto que ese reencuentro se haya dado ahora, en La Señora Presidenta.
Para quienes no conocen la obra, les cuento un poco.
La Señora Presidenta es una comedia de enredos que gira alrededor de los gemelos Martín y Martina, dos personajes con personalidades completamente opuestas. La historia transcurre en una casa de la Ciudad de México, donde ambos se ven obligados a intercambiar identidades para recuperar unos documentos importantes que podrían poner en peligro la tranquilidad de Martín.
Martín es dueño de una galería de arte y tiene fama de mujeriego. Martina, por otro lado, vive en Monterrey y llega a la ciudad acompañada de su hija, frustrada por su vida matrimonial. El intercambio de identidades desata una cadena de malentendidos y situaciones absurdas que mantienen al público riendo durante toda la obra.
Además del elenco extraordinario, esta producción tuvo algo que la hizo particularmente especial: el tiempo de preparación fue mínimo.
En teatro, antes de estrenar, normalmente se hacen varias corridas completas de la obra, donde se integran luces, vestuario, escenografía y todo el equipo técnico. En esta temporada de La Señora Presidenta solo pudimos correr la obra tres veces antes del estreno.
Tres.
Para muchos montajes eso sería impensable. Pero también es cierto que gran parte del elenco ya conocía la obra y tenía mucha experiencia. Aun así, fue casi un récord que el estreno haya salido tan bien como salió. Fue uno de esos casos donde el talento del equipo, el cariño por el proyecto y la capacidad de resolver sobre la marcha hicieron toda la diferencia.
Llegar al Centro Cultural Teatro Uno, con más de mil butacas, fue otro momento importante. Entrar como productor a un recinto de ese tamaño implica muchas decisiones, pero también representa una validación del trabajo que se ha hecho. Cuando se abre el telón y ves la sala llena, sabes que valió la pena.
Claro que hacer teatro hoy en día no es sencillo.
Vivimos en una época donde el entretenimiento está en todas partes: cine, streaming, redes sociales. La competencia por la atención del público es enorme, y además hay una diferencia clara en costos e inmediatez. Ver una serie en casa es barato y está disponible al instante. Ir al teatro implica salir, trasladarse y dedicar una noche completa a la experiencia.
Mantener el equilibrio entre lo que cuesta producir teatro y lo que el público está dispuesto a pagar es uno de los grandes retos de esta industria.
Hace poco leí una estadística del INEGI que me llamó mucho la atención: solo el 5% de las personas asistieron a una obra de teatro en el último año.
Cinco por ciento.
Es un número pequeño, pero quienes han ido al teatro saben que la experiencia es distinta a cualquier otra. Hay algo muy especial en ver a un actor profesional haciendo su trabajo en vivo, frente a ti, sin posibilidad de repetir la escena. Y también hay algo muy especial para el actor en poder sentir la reacción del público en tiempo real.
Esa conexión no existe en el cine ni en la televisión.
El público se convierte en parte del espectáculo. Su risa, su silencio, su energía influyen en lo que sucede en el escenario. Y para los actores eso genera una satisfacción enorme, además de algo que en esta industria pesa mucho: prestigio.
Todos hemos ido a alguna obra donde el actor secundario recibe más aplausos que el protagonista. No por fama, sino por la conexión que logró generar con el público esa noche.
Créeme, se los digo yo que he trabajado con actores muy famosos que reciben menos aplausos que sus compañeros.
El teatro tiene esas sorpresas.
En lo personal, estoy muy contento con este momento. Cuando Jorge y yo creamos Rulés, ambos estábamos profundamente metidos en el mundo del teatro. De alguna forma queríamos compartir esta forma de expresión con más personas y ayudar a traer nuevas audiencias al teatro.
Ese era un poco nuestro leitmotiv.
Hoy tengo la oportunidad de seguir ese impulso desde otro lugar: produciendo teatro y también contando estas experiencias. Tener un espacio para escribir sobre lo que pasa detrás del escenario, sobre los retos y las historias que surgen en este mundo.
Pronto nos leeremos de nuevo.
Pero por ahora les dejo una invitación simple: vayan al teatro. Lean un par de reseñas, escojan la obra que más les llame la atención y dense la oportunidad de vivir esa experiencia.
En lo personal, claro que les recomiendo La Señora Presidenta.
Y si les gustan los musicales, también Matilda, de mi amigo y socio Alex Gou.
El teatro sigue vivo. Y mientras haya personas dispuestas a sentarse en una sala oscura para ver lo que pasa cuando se abre un telón, seguirá siendo una de las formas de arte más emocionantes que existen.